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La segunda historia Vihucas

Pepe y Montse fueron los amigos con que compartí la segunda botella de Vihucas. Su hija y el mío van a la misma clase y suelen estar en casa de uno u otro armando sus fascinantes historias. Así que ese miércoles aparecieron a las nueve dispuestos a una buena charla y con una botella de limoncelo casero bajo el brazo… ¡qué conversaciones!

Sé que el alcohol es un tema delicado y que millones de personas han visto desgraciarse su vida por su culpa, pero no puedo dejar de apreciar el tono especial que da una botella de buen vino, un limoncelo hecho con paciencia, a una reunión entre amigos. La relaja, la rodea de una luz especial, abre temas que no están permitidos a la luz del día y que mejor no explico porque no sonarían igual aquí.

Pepe es antropólogo y le encanta provocar con sus observaciones sobre lo poco que trabajan los hombres en África o las lecciones que tienen para darnos los árabes en erotismo. Montse es una grafista consumada y aunque habla poco de su trabajo transpira su afición estética en todo lo que hace. Aunque también su perfeccionismo, confiesa, necesita los fines de semana para relajarse porque la ciudad no se lo permite, pero jamás la abandonaría. Al contrario que Pepe, a quien no le importaría, claro, está acostumbrado a dormir en estepas o a sentarse en el banco de la conversación, en el centro de un poblado.

Ellos trajeron la cámara, de aquí que para esta segunda historia Vihucas haya buenas imágenes. Y mejores recuerdos. La tercera historia, en breve, fue más controvertida.

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