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Ficción digital: contemplar la estupidez

Lo que unen las redes sociales, que no lo separen las multinacionales. Este debería ser el objetivo de la humanidad conectada en los próximos años. Edgar Borges es bien contundente:

porque el mundo, hoy, fomenta la estupidez.

Edgar Borges es un escritor venezolano radicado en Gijón. Nos conocimos a través de escritordeoficio.com, el experimento literario de Jaime Gonzalo, y su reto por definir la soledad del siglo XXI. Edgar estrena su novela La contemplación, y juntos hicimos recientemente su presentación pública en Barcelona.

El pensamiento crítico está en Internet

Edgar viene apadrinado por Enrique Vila-Matas, y al preguntarle por su relación nos sorprendió con la aclaración de que el famoso escritor es un referente en Latinoamérica, inspirador de las grandes obras el momento. Lo triste -continuó- es que en Europa os habéis dejado suplantar el afán cultural por la cultura americana. Cultura americana ¡ja! Os habéis acomodado, física y espiritualmente. El poco pensamiento crítico de la época hay que buscarlo en Internet, adonde van a parar los espíritus inquietos. Y pensar no da dinero. Así que controlando Internet, el poder económico convertirá en consumidores a aquellos rebeldes que no quieren invertir su tiempo en comprar o entretenerse. Internet también está dirigido hacia sus intereses. Más idiotas.

La visión de Edgar me recuerda a la de mi admirado Luis Ángel Fernández Hermana, que no puede oír la palabra Facebook. La red más potente del planeta se utiliza para compartir la estupidez, suele afirmar. Luis Ángel cuenta a sus espaldas con la creación de redes como Enredando, diversas aplicadas a objetivos económicos o empresariales, y el Laboratorio de Redes Sociales de Innovación de Citilab. Defiende que una red bien diseñada y moderada obtiene un poder creativo, ejecutivo y de comprensión de la realidad inimaginable para la mayoría de los que jugamos a las redes sociales. Facebook es la red que se merece una generación que tiene como objetivo vital el entretenimiento o mantenerse en un estado de semiestupidez.

Edgar propone una receta universal: largos paseos gratuitos que lleven a la contemplación del mundo, de uno mismo. “Visualizar la estrecha realidad que estamos transitando en el mundo y ofrecer otras posibilidades, porque en el mundo actual, tan esclavo es un trabajador europeo como uno africano”. Contemplando, podemos dejar de ver las cosas como las vemos, cambiar nuestro punto de vista. Pero la contemplación también puede ser complicidad, “ver la tragedia con los brazos cruzados, sentarse a observar el dolor con una copa de vino en la mano”. Tú eliges.

Y un reto personal: “Contemplar el cuerpo desnudo en medio de la nada”.

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